Skip to content

“NO SE PONGA EL SOL SOBRE VUESTRO ENOJO”

by Joaquín Pujol Gonzalo on 14 de agosto de 2015

Iván y Javier habían sido buenos amigos por muchos años, pero llegó el día cuando no pudieron estar de acuerdo sobre cierto asunto y se pelearon.

Como es bien sabido, se necesitan dos (por lo menos) para pelearse y probablemente cada uno tenia parte de culpa.

La contención empezó a causa de unas palabras habladas en ligereza por Iván, que provocaron una respuesta de Javier que no fue “blanda” sino “áspera”: “La blanda respuesta quita la ira, mas la palabra áspera hace subir el furor” (Prov.15:1). Entonces Iván contestó por el estilo, acabando los dos bien enojados.

Sin duda una explicación dada con paciencia y gracia hubiera servido para aclarar el asunto, pero ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer.

Después de una larga y acalorada discusión, Javier preguntó con amargura “¿Entonces esto es el fin de nuestra amistad?” “Como tu quieras” contesto Iván de manera brusca, “si no aguantas que te diga una sola palabra, pues te buscas a otro amigo”.

Pues sí, me puedes hablar todo lo que quieras pero no me gusta que me trates así”, dijo Javier.

Después de muchas palabras iracundas, cada uno se fue por su camino.

Lo peor de todo era que los dos eran creyentes. Habían ido a la Iglesia juntos muchas veces y habían compartido sus secretos (Sal. 55:13-14). Se habían ayudado en tiempo de aflicción y se habían gozado juntos en días de alegría y bendición.

Otra cosa triste fue que sus palabras coléricas e imprudentes habían sido oídas por sus compañeros de trabajo incrédulos. Ellos se gozaron maliciosamente al ver a dos que decían ser creyentes en Cristo, enojados.

En el camino a su casa Javier iba pensando “Nunca pensé que Iván me trataría de esta manera”.

Javier marchó caminando por la calle hacia su casa, en un estado de mente que él mismo hubiera descrito como “incomodo”. No podía entregarse a ningún trabajo con tranquilidad, porque no podía dejar de pensar en otra cosa sino en aquella triste discusión. “No fue culpa mía” pensó, “yo daría cualquier cosa si pudiera borrar y olvidar lo sucedido, pero… ¿qué otra cosa podía hacer cuando él estuvo tan sensible y resentido?”.

En ese momento una nube oscura pasó entre el sol y la tierra, provocando una gran sombra y cierto frío en la calle. Esa circunstancia pasajera y aparentemente casual, fue una bendición porque el Espíritu Santo, usando ese cambio meteorológico, trajo a la memoria de Iván aquella porción de Efesios 4:26-27: “Airaos y no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. Oyó la voz de Dios, hablándole por su Palabra y, sin pérdida de tiempo, se dio la vuelta y se dirigió a la casa de su amigo.

Javier estaba sentado en su casa contándole a su esposa la triste historia: Como Iván había empezado, las cosas injuriosas que le había dicho y cómo se había acabado su amistad. De repente miró por la ventana y ¡qué susto tuvo al ver al mismo Iván entrando en su portería! Con tono amargo exclamo Javier “Rosa ¿Has visto cosa semejante? No es suficiente lo que ha hecho, que viene a continuar el pleito” Su esposa le rogó: “No pelees con Iván. Dile que no vas a hablar más sobre ese asunto. Recuerda que la Biblia dice: “Airaos y no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”.

No había tiempo de hablar más porque se abrió la puerta y entro Iván con la mano extendida. Dijo “El sol ya se va a poner Javier”. Dios había usado el mismo pasaje para hablar a los dos. Inmediatamente se humillaron avergonzados y confesaron su culpa el uno al otro y a Dios en oración, y sin duda con muchas lagrimas.

Así acabó felizmente la historia de su primera pelea que resultó ser también la última.

Sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo” (Efes. 4:32).

From → Blog, Noticias

Los comentarios están cerrados.