“TE HAS DADO A TI MISMO”
Los Persas cuentan muchas leyendas acerca de un rey suyo, el Cha Abbas, que en su tiempo reinaba con mucha esplendidez en Persia. A pesar de su grandeza, le gustaba andar de incógnito entre el pueblo y tratar con sus súbditos como un simple ciudadano.
Dicen que una vez, vestido como hombre pobre, bajó la escalera oscura y húmeda al sótano de su palacio, donde el carbonero, sentado entre cenizas, cuidaba el horno de calefacción. El rey se sentó a su lado y empezó a conversar con el. Cuando llegó la hora de comer, el carbonero sacó su humilde comida de pan duro y agua, y convido a su visitante a compartirla. Comieron juntos y luego se retiro el rey. Pero volvió varias veces a conversar con este humilde trabajador tan triste y solitario, y éste, a su vez, conquistado por el simpático visitante, abrió su corazón y les explico sus penas y problemas al nuevo amigo tan comprensivo que, siendo igualmente pobre al parecer, al mismo tiempo sabia dar consejos tan buenos y provechosos.
Por fin el monarca pensó: “Le voy a descubrir quien soy yo, a ver que me pide” Así que un día le dijo “Tú me crees pobre, ¿Verdad? Pues soy Cha Abbas, tu soberano”. Se quedo esperando como reaccionaba el carbonero. Pero éste sólo lo miraba con admiración y afecto, sin decirle nada. Entonces le dijo el rey: “¿No entendiste?, soy tu rey; puedo hacerte rico, darte una fortuna ó algún cargo de importancia y poder. ¿Qué quieres pedirme?”.
.”Oh sí, vuestra majestad, comprendo. Pero ¿Qué es esto que me habéis hecho? Habéis dejado la riqueza y la comodidad y los goces de vuestro palacio lujoso para bajar a mi cuarto oscuro y feo; habéis compartido conmigo no solo mis pobres alimentos, sino también mi tiempo, las congojas y sin sabores de mi vida. Me habéis dado la luz de vuestra presencia, el consuelo de vuestras palabras, haciéndome feliz con vuestra compañía en mis horas solitarias, y para mi no hay nada de mas valor que esto. A otros podéis conceder grandes dádivas pero a mi me habéis dado a su propia persona; no puedo pedir más; solo te pido que nunca me quites este don tan precioso de tu amistad.
¡Que hermoso ejemplo de condescendencia real, y de gratitud de parte del favorecido! Y ¿Cómo nos afecta a nosotros la gracia de Aquel que cambió la gloria del cielo por la pobreza de este mundo por amor a nosotros, que siendo rico se hizo pobre para que nosotros fuésemos enriquecidos (2ª Cor. 8-9).
En aquel tremendo paso desde las alturas del trono eterno a las profundidades del dolor de la Cruz, el Señor Jesús abarcó todas las experiencias humanas, llegó a donde estábamos en nuestra miseria y necesidad, para “ser en todo semejante” a seres humanos. “Se dio a sí mismo” para acompañarnos, no sólo por unas horas, sino en todo momento de nuestra vida, interesándose en todos nuestros asuntos y problemas. El desea alegrar nuestra senda aquí con la luz de su presencia y compartir con nosotros todos los tesoros de su amor y sabiduría. ¿Nos sentimos conmovidos como aquel pobre carbonero del sótano, y como el apóstol Pablo mismo que exclamó asombrado: El Hijo de Dios “Me amó y se entregó a sí mismo por mí”?.
Más que todos sus dones (las bendiciones innumerables que recibimos de su mano), debiéramos apreciar y agradecer la Persona del Dador mismo, y desear sobre todas las cosas gozar de su compañía en íntima y personal comunión con el Rey de nuestra vida y nuestro corazón. (2ª Cor. 9:15).
Lamentablemente descuidamos en muchos momentos de nuestra vida al Rey de Reyes, el cual también un día se hizo pobre y se rebajo por amor a nosotros. No lo olvidemos.

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